En una escuela estadounidense, 600 niños se aprestaban a cumplir su ritual cotidiano: llegar a las aulas. Mientras tanto Salvador Ramos escribía, sobre un pizarrón imaginario, el título de la lección que dictaría: matar. Con fusil y pistola en manos enfiló hacia 19 criaturas bulliciosas que muy pronto serían llamadas a silencio. Junto a ellas, dos profesoras también encontrarían la muerte. El acto concluyó con el atacante abatido y la necesidad de abolir, sin demoras, el permiso indiscriminado para portar armas. Ramos, de 18 años, como alumno regular, transitaba la institución donde sembró el terror. Resulta probable que su colegio no haya respetado la misión asignada: proveer la formación y el equilibrio necesarios. Nunca se sabrá si faltó persuasión de parte de los educadores o reticencia a aprender en el caso del discípulo. Es muy factible asimismo que, quienes tuvieron al asesino como alumno, deban estar interpelándose. Abrumados por el accionar de alguien al que no supieron descubrir y, mucho menos, desalentar.

Alejandro De Muro

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